
Existe una creencia muy arraigada en nuestra sociedad que asegura que dar a luz en un hospital es, por definición, más seguro que hacerlo en casa. Se suele pensar que la asepsia y los cuidados hospitalarios reducen los riesgos de infección. Sin embargo, como ginecólogo, mi respuesta ante esta afirmación es rotunda: es falso.
A lo largo de mi carrera he asistido a muchísimos partos en el domicilio de las madres. Creo firmemente en ello porque el nacimiento necesita de unas condiciones emocionales y fisiológicas muy específicas que el entorno hospitalario moderno, lamentablemente, suele romper.
A continuación, quiero desmontar dos de los grandes mitos que rodean al parto respetado en casa: las infecciones y la naturaleza del dolor.
1. El mito de las infecciones: ¿Casa u hospital?
El argumento de que el hospital es «más limpio» y por ende más seguro frente a los gérmenes es una ilusión médica. Analicemos la realidad biológica de ambos espacios:
- En el hogar: Los gérmenes que habitan en la casa de la madre son de sobra conocidos por su cuerpo. Al vivir ahí, ella ya ha desarrollado los anticuerpos necesarios para combatirlos, lo que supone una protección natural tanto para ella como para el bebé.
- En el hospital: Por el contrario, un hospital es un entorno donde se concentran pacientes enfermos con gérmenes completamente desconocidos para el sistema inmunitario de la madre.
A esto debemos sumar el factor de la intervención. Un parto domiciliario es un parto menos intervenido. Al haber menos exploraciones vaginales rutinarias e instrumentación, se reducen drásticamente las vías de entrada para que los gérmenes accedan al cuerpo de la madre. No hay más infecciones en un parto en el domicilio que en un parto hospitalario.
2. El dolor en el parto: Alaridos de terror vs. Sonidos de placer
Muchas mujeres me dicen: “Sí, Emilio, pero el parto duele mucho, es un dolor insoportable”. Y mi contestación es siempre la misma: el dolor que conocemos no tiene nada que ver con la naturaleza real del parto, sino con el entorno en el que se da.
El dolor en un parto intervenido —marcado por el estrés, la prisa y el ambiente frío de un hospital— se convierte en sufrimiento. En ese escenario, los gritos de una mujer son alaridos de terror: «¡Ah!».
En cambio, en un parto natural y respetado, los sonidos que emite una mujer son completamente distintos. Si los grabaras y se los pusieras a alguien a ciegas, probablemente pensaría que está escuchando una película condicionada. Son sonidos de un «dolor placentero», de liberación, una expresión fisiológica y emocional de bienestar: «¡Ah, ah…!». Es una experiencia gobernada por hormonas que el miedo hospitalario bloquea.
El escenario ideal
Por supuesto, entiendo perfectamente la realidad social. En muchas zonas alejadas, como las regiones altoandinas o el Amazonas, las mujeres dan a luz en sus comunidades por necesidad, transmitiendo este conocimiento de generación en generación, y sus hijos nacen fuertes y sanos. No necesitan una clínica de lujo para un proceso que es puramente biológico.
A mi juicio, lo perfecto sería tener un parto fuera del hospital, pero cerca del hospital. Así se respeta la intimidad y la fisiología del nacimiento, contando con una red de seguridad inmediata en caso de una complicación real. Sé que esto no siempre es posible conseguirlo, pero es el horizonte al que deberíamos aspirar.
Sé perfectamente que muchos ginecológos discrepan de mi opinión. Pero es lo que he vivido, es lo que he asistido y tengo la certeza absoluta de que es lo cierto. Toda la humanidad nació así antes de la medicalización del último siglo.
Si quieres profundizar más en las condiciones emocionales que necesita el nacimiento y cómo recuperar la confianza en tu propio cuerpo, te invito a leer mi libro «El don de parir», donde explico detalladamente cada uno de estos puntos. Lo tienes disponible también en versión Kindle en Amazon.

